Ayer me robaron, hoy jodete!

Ayer me robaron, hoy jodete

Ayer me robaron, hoy jodete

 

Ayer me robaron en la rambla a punta de pistola, a pocos metros del Club Náutico. La verdad que me invadió una sensación de impotencia inusitada. Pero lo que estoy viviendo con los trámites luego del suceso provoca hasta más bronca!

 

 

Seguramente muchos visitantes de Ciudad Malvín han sido víctima de alguna rapiña o hurto en el barrio. Más allá que de acuerdo a cifras oficiales Malvín es uno de los barrios más seguros de Montevideo y donde bajaron las rapiñas un 7.5 %, las estadísticas no reflejan lo que ocurre con las personas, que obviamente no son números.

En esta columna de opinión no pretendo profundizar en el debate sobre la seguridad. Solamente para contextualizar el tema de estas palabras quiero recordar una frase espeluznante del notable filósofo francés Michel Foucault: “la cárcel es una fábrica de delincuentes”. Hoy tenemos 10 mil presos en el sistema penitenciario, lo que significa que tenemos 10 mil potenciales delincuentes cuando salgan, porque en algún momento salen. ¿Es solamente responsabilidad de ellos? No, si no se genera una rehabilitación que les permita insertarse en una sociedad que los margina, obviamente que van a continuar haciendo lo que saben hacer. Además, la rehabilitación no alcanza. Dentro de nuestro sistema capitalista voraz, uno es de acuerdo a lo que tiene. Si seguimos educando en esos valores, ¿cómo vamos a esperar que no existan delincuentes que buscan tener lo que no tienen de una forma rápida? Solamente con represión no se va a resolver el problema de la inseguridad. Cuando ocurra una desgracia como la de Carrasco hace poco habrán nuevos caceroleos y cuando ocurra lo mismo en otros barrios más vulnerables de la ciudad, habrá silencio y angustia… y miedo, mucho miedo. Cada vez el miedo nos inflama el pecho y nos hace retroceder ante la amenaza del atropello.

Tampoco pretendo hacer en esta columna una crítica a Bonomi. A esta altura eso es muy fácil y también bajo. Responsabilizar a Bonomi por los actuales índices de inseguridad me parece una fatalidad y una irresponsabilidad. Quizá no sea el más capacitado en la tarea, pero cargar las baterías en él no resuelve para nada el problema que estamos sufriendo los montevideanos.

Escribo esta columna para canalizar la bronca y la furia que siento en este momento luego de ser rapiñado en la rambla de Punta Gorda en la noche de ayer. Dicen que escribir ayuda así que pido disculpas de antemano si no lo hago con claridad y objetividad.

Hace pocas semanas me rompieron el vidrio del auto para robarme un portafolio con papeles de trabajo. No se llevaron más nada. Al otro día tuve que ir a colocar un vidrio nuevo. El sábado intentaron robar al lado de casa, cerca de las 23 horas mientras Malvín jugaba con Sayago por la cuarta fecha de la LUB. Ya el enojo venía en aumento. Ayer domingo, con el día hermoso que hubo, decidí ir por la noche a pasear por la rambla. Me puse una bermuda, tomé el celular y la billetera y salí a recorrer. Me detuve a pocos metros del Club Náutico, en plena rambla. Primero me senté en el muro de ladrillos rojos. Del otro lado del muro habían cortado un árbol caído y habían dejado tirado varios leños. Pensé en que estaría bueno poder llevar alguno. En ese instante me paro, camino hacia la calle, y escucho un ruido. Giro, veo una moto que frena, dos hombres (adolescentes) en ella, uno baja a toda prisa mientras yo me daba cuenta que me iban a robar. “Dame la billetera, dame la billetera o te pego un tiro acá mismo”, me dice un tenso y joven delincuente mostrándome un revólver. Su compañero seguía en la moto. Primero me asusté, luego pensé en agarrar uno de los troncos y partírselo en la cabeza. Pero mis neuronas se acomodaron y enseguida saqué la billetera. Le pedí si me dejaba sacar la cédula. Me lo negó. La tomó y se fue.

La sensación de impotencia se me vino arriba como arroyo de víboras venenosas. Mientras iba cayendo en lo que me había pasado de manera fugaz, me doy cuenta que tenía mi celular. Llamo al 911 y me atiende una mujer. “Hola, me acaban de robar”, le digo. “En una moto negra, dos jóvenes. Se fueron hacia el este”, agrego. “¿Usted está bien?”, me pregunta de forma amable. “Sí, le respondo. Pero si se apuran capaz que los agarran”. “¿Dónde se encuentra?”, me pregunta. Y le respondo: “a pocos metros hacia el este del club Náutico”. Y acá viene la primera respuesta debilitadora: “¿Sabe cuáles son las calles así le mando un móvil?”.

(Primera pregunta. Si llamo desde un celular, ¿no hay forma de saber mi ubicación? Mejor dicho, con las millonadas que gastamos para contratar el programa El Guardían, ¿no existe algo más práctico para los que sufrimos robos de a pie? ¿Si estoy en un barrio que no conozco y me roban, qué hago?)

 

“Estoy pasando a pocos metros del Club Náutico”, le digo. “Sí, sí, pero necesito saber la ubicación”, me insiste. “Aguarde un instante”. Mientras aguardaba la respuesta de la oficial del 911 un patrullero pasa y lo llamo. Le digo que me robaron dos jóvenes en una moto. Frena, y mientras me toma la declaración una moto que se acercaba hacia nosotros gira repentinamente cambiando la dirección. Otro patrullero sale raudo en su búsqueda y los atrapan. Si bien la moto era similar y había dos jóvenes en ella que aseguraban trabajar en la construcción, no estaba mi billetera con ellos ni el arma. El oficial me pide que trate de identificarlos, pero fue imposible distinguirlos. Al ser tan rápido el momento del robo uno no se centra en los detalles de los rostros cubiertos por cascos.

Pasado ese momento los amables policías tomaron mi declaración y me solicitaron que concurra a la Seccional 14 para hacer la denuncia de los documentos robados, fundamentalmente el de la cédula de identidad.

Mientras iba en camino, busqué uno a uno los teléfonos de las tarjetas que tenía en la billetera para llamar y que sean bloqueadas.

(Segunda pregunta: tuve que buscar en internet del celular uno a uno los teléfonos de las tarjetas y llamar. ¿Qué pasaba si en ese momento no tenía celular o no tenía saldo o no tenía batería o no tenía 3G? Con los avances informáticos que hay, ¿no se podrá hacer una forma de bloqueo de tarjetas más sencillo y centralizado? Es decir, un software que le permita al policía incluir mi cédula en una tablet o en un celular y que automáticamente mis tarjetas se anulen? O a lo sumo, ¿no podrán tener a mano los teléfonos para llamar a las tarjetas y denunciar su robo? No es muy complicado en el 2016. Hace 10 años atrás todavía. Pero hoy no).

Llegué a la Seccional 14, ubicada en el Parque Rivera, y nuevamente me toman la declaración.

(Tercera pregunta: Y haciendo referencia a la pregunta dos, ¿hace falta declarar dos veces lo mismo? ¿Si un oficial me toma la declaración, no lo puede hacer desde una tablet y que ingrese al sistema? Si hay tablets para los jubilados, perfectamente se pueden incluir algunas para el servicio policial. Vamo’ arriba!)

En plena Seccional 14 el oficial que me toma la declaración no ubicaba tampoco al Club Náutico, y no tenía claro dónde estaba Coimbra. Y acá sí viene una crítica a Bonomi: ¿esto es la profesionalización de la Policía? ¿Que un oficial no conozca el territorio donde tiene que operar? Me parece una chantada, no algo profesional.

En ese momento recordé una entrevista que le hicieron a Bonomi sobre no pagar los costos de la renovación de la cédula cuando uno es víctima de un robo. El oficial tampoco sabía nada de eso.

Muerto de sueño me voy a acostar. Y hoy lunes, luego de dormir poco mientras los nervios se iban, fui a trabajar temprano y en la tarde hice un par de trámites. Al salir del trabajo lo primero que hice fue pasar por el Abitab ubicado en Rivera y Hernani para pedir un número de renovación de cédula. Con una atención más que amable me dijeron que el número más pronto estaba para el viernes 21 en el Geant. Fue el que tomé. Pero tuve que pagar 526 pesos por la renovación. Me habían robado 1400 que estaban en la billetera, ya estoy “jodiéndome” en 1926.

Me llamaron del Banco Hsbc para ver dónde quería retirar mi tarjeta. Les pedí obviamente en la sucursal del Club Malvín. Me dijeron que emitir una nueva tarjeta costaba 7 dólares, 200 pesos más y seguimos sumando. Está pronta mañana en la tarde.

Luego del robo, llamé al 1996 interno 4 del BROU para bloquear la tarjeta. Me atendió la contestadora y seguí los pasos. Para quedarme tranquilo, hoy en la tarde llamé nuevamente para verificar que el bloqueo se había realizado correctamente y para ver cómo hacía para que me dieran otra Redbrou. Todavía estoy esperando que me atiendan en mi banco. Realmente el servicio telefónico del Banco País me causó verguenza. Luego de estar media hora esperando mientras sonaba la típica musiquita con las palabras de fondo “en estos momentos todos nuestros operadores están ocupados, su llamada es muy importante para nosotros”, decidí ir a la sucursal ubicada en Solferino y Avenida Italia, pensando que podría haber poca gente. Entro, le explico a la recepcionista mi problema, y me dice que saque número en Ejecutivos. Se me expide el número 88 e iba por el 56!!! Mi Banco País. Ya lo había dicho Mujica en su momento, si el BROU atendiera como un privado no tendría competencia. En sus 120 años de vida, con todos los beneficios anunciados en las tandas publicitarias, se olvidaron de mejorar lo básico de su atención. Por favor!!! Media hora para atender un una llamada (con suerte) y más de una hora de espera en una sucursal en horario laboral!!! Media pila BROU por favor.

Pd: volví a llamar a las 16 horas y nada por 25 minutos!

Además del mal momento, hacer los trámites por las tarjetas en un sistema que fomenta la inclusión financiera. El gobierno pide que nos pasemos al plástico para evitar la circulación de dinero y tener mayor control impositivo y cuando nos roban permite que gastemos más tiempo y dinero en mantenernos dentro de ese sistema. ¿No habrá una forma más práctica y económica de recuperar lo perdido?

(Cuarta pregunta: una persona que es víctima de un robo a mano armada, ¿qué sensaciones le quedan? ¿qué consecuencias emocionales acarrea? ¿Quién se preocupa por lo que sigue? El estrés postraumático, ¿quién lo supervisa? ¿Qué hace el Estado para asesorar a las personas que son amenazadas en su vida? ¿Y en el caso de los turistas?)

Sinceramente la furia que representa ser robado en la calle a mano armada es inigualable, pero sentirse desprotegido después del hecho consumado es perfectamente remediable.

Al final de cuentas parecería que estamos naturalizando los hurtos y las rapiñas en Montevideo, generando una sensación de desprotección totalmente evitable y permitiendo, desde las propias autoridades, que el temor reine en la calle.

En un sistema que avala la fabricación permanente de delincuentes y chorros, también se avala la catarata de secuelas de las víctimas que sufren de esos atropellos. Y eso creo que es mucho más triste…

Mientras tanto sigo esperando que me atiendan en el BROU.

 

 

 

 

 

 

 

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1 Response

  1. Carina Novas dice:

    ¿Pero qué tiene que ver con Malvín?

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