Fabián Perea: un ángel de oro

Fabián Perea: un ángel de oro

Fabián Perea: un ángel de oro

Fabián Perea fue un ícono de aquella selección uruguaya sub 20 dirigida por Víctor Púa que disputó el recordado mundial de Malasia de 1997 y que falleciera en ese mismo año en un durísimo accidente. Revolviendo papeles viejos encontramos unas palabras de Atahualpa Pérez, amigo del futbolista, que merecen ser leídas.




“Un ángel de oro”. No hay dudas. “Fabián es un ángel”, me dijo mi padre a pocos días de abandonarnos, “por eso Dios se lo llevó”, terminó por decirme.

Y hoy lo comprendo, hoy lo puedo ver.

Hoy veo su simpleza, su sencillez, su alegría, su sana locura; hoy veo su responsabilidad con la familia, con sus amigos, con su club, con su selección; hoy veo esa carita gritando el gol que tanto enorgulleció a los uruguayos en el partido ante Ghana, abriéndonos las puertas a una final y en un campeonato del mundo, ese gol de oro que nos hizo gritar una mañana entera y festejar también como nunca por el asfalto de 18 de Julio; hoy veo esa carita y esos brazos moviéndose hacia arriba a un lado y al otro para tirarse en palomita y deslizarse en el césped de aquél estadio de Malasia y sonrío, lo veo y sonrío, y es un regalo hermoso, de esos que no se quieren perder. Por eso hoy comprendo que Fabián es un ángel, una mano de Dios; por eso hoy comprendo que es imposible perderlo porque ya se hizo eterno, inmutable en el corazón de todo el pueblo uruguayo; nació ganador, porque se entregó de lleno a la vida y la supo disfrutar y la supo compartir.

Hay hechos, ocasiones y momentos a los cuales no le encontramos explicación, más allá de la simple afirmación o sugerencia que engloban la suerte y las coincidencias.

Pero yo voy un tanto más lejos de un acontecimiento fortuito, de la lógica del azar. Yo, después de lo que vi y después de lo que viví no puedo decir que Peñarol obtuvo el Quinquenio por coincidencias o por pura suerte; yo, después de lo que vi y después de lo que viví no puedo ocultar la satisfacción del milagro, el sentimiento de algo que escapa a mis palabras, que escapa a mis razonamientos. El Quinquenio fue obra de Dios, de su representación.

Y lo sé muy bien.

Fabián fue el Dios de Peñarol.

Para mí la explicación está en lo que él provocó, está en los movimientos internos que generó en cada uno de los jugadores, en el cuerpo técnico, los dirigentes y en el hincha; está sin dudas en ese mágico empuje, de allá, de arriba, del cielo. Cada jugada, cada corrida, cada marca evocaban su sentimiento, su deseo: las ganas de ganar, las ganas de estar…

Y me podrán decir muchas cosas, porque, es bien sabido, el fútbol uruguayo es así: una telearaña de críticas, conjeturas y comentarios que tienden a minimizar los resultados favorables a costa de apartar el encanto del esfuerzo, del trabajo, de la planificación, del entrenamiento y del milagro. Sostienen que Peñarol ganó el Quinquenio porque compró jueces, jugadores y cuerpos técnicos. No puedo negar, nunca puedo hacerlo ya que no tengo los argumentos ni el conocimiento para defenderlo, que se haya comprado un juez o un jugador o un director técnico. Pero para lograr lo que logró Peñarol por cinco años consecutivos necesito comprar a todos los jugadores y a todos los jueces; es decir, hay muchos equipos involucrados, muchos intereses en juego. Porque tanto Defensor Sporting como River Plate y Nacional querían estar arriba, más aquellos que peleaban por zafarse del descenso. ¡Tengo que pensar que todos fueron para atrás! ¿Será así?

El 15 de setiembre de 1997 Peñarol pierde su partido ante Defensor Sporting, a su vez éste gana un encuentro atrasado frente a Rentistas con gol de Andrés Martínez. Y para colmo, el fallo del Tribunal de Penas marca la quita de puntos por los hechos ocurridos en el partido que Peñarol jugó con Rampla Juniors.

La sensación: Peñarol había perdido el Campeonato Uruguayo, Peñarol había perdido el Quinquenio.

Claro que la vida nos ha enseñado a no perder nunca las esperanzas, a no rendirnos, a no entregarnos. Peñarol a lo largo de su historia ha resurgido muchas veces de las cenizas para obtener triunfos increíbles. Eso es lo que siente un hincha, que siempre se puede. Y yo, como tal, intentaba  encontrar alguna forma de pensar con la cual pudiera mantener viva la conquista del Quinquenio. “No darte por vencido ni aún vencido”, me decía constantemente.

Sin embargo, la realidad me resultaba más cruda. Faltando quince puntos para disputarse Defensor Sporting quedaba, según la tabla de posiciones, primero con catorce unidades, seguido por River Plate con trece, Liverpool con diez, Nacional con nueve y Peñarol con ocho, junto a Cerro, Huracán Buceo y Racing. Es decir, Peñarol faltando quince puntos estaba a seis del primero, Defensor, y a cinco del segundo, River Plate. También tenía por delante a Liverpool y Nacional pero debía enfrentarse a ambos, lo cual, si ganaba, los alcanzaría para colocarse en una tercera posición. Lo más importante de estos quince puntos que restaban y de la diferencia de seis que Defensor le llevaba a Peñarol es lo siguiente: puede ser que un equipo se caiga, puede suceder que un plantel entre en un bajón  anímico, físico como futbolístico, pero, ¿sería posible que ocurriese con dos? Faltando cinco partidos para finalizar el Clausura Peñarol estaba a cinco puntos de River Plate y obviamente a seis de Defensor.

No era una situación muy envidiable.

Diego Forlán y Atahualpa Pérez

Diego Forlán y Atahualpa Pérez

Muy difícil que se cayeran los dos cuadros, muy difícil que Peñarol lograse descontar la diferencia de seis y cinco puntos en quince por disputarse. Por esta razón, y lo digo como hincha de Peñarol, muchos pensamos que aquél deseo de ser campeón uruguayo durante cinco años consecutivos quedaba justamente en eso, en un deseo, en algo que se tuvo ahí pero que no se podía concretar, quedaba en los sueños… o en las pesadillas.

Sólo un milagro.

Apenas veintinueve horas después de despedir a Fabián en el Parque del Reencuentro, apenas veintinueve horas después se comienzan a lograr cosas que no podemos entender como creíbles, que no podemos pensar como producto del azar.

El milagro estaba en la puerta.

Apenas veintinueve horas después Peñarol le gana a Gremio por la Supercopa tres a dos con gol de Adinolfi en la hora. Apenas veintinueve horas después todos sentíamos la presencia de Fabián, en esa fuerza, en ese empuje, en ese Aguilera dedicándole su gol, con su mirada al cielo. Allí estaba, junto a nosotros, junto a Peñarol.

Y por supuesto que se vino el clásico del domingo, por el Clausura. Peñarol no podía empatar y mucho menos perder. No obstante, así empezó: perdiendo tres a uno. Pero ganó, consiguió la victoria por cuatro a tres, de atrás. Y Fabián estaba, estaba con la número doce tatuada en la gran bandera que se desplegó en la tribuna Colombes, la cual despertó el aplauso de las cuatro tribunas, estaba en el miedo que sentíamos algunos hinchas por la posible reacción de la parcialidad rival (llegué tarde al partido porque pensé que algunos hinchas de Nacional podían actuar de mala manera si había un minuto de silencio), estaba en el pecho de cada uno de los jugadores, en su corazón, reflejado su rostro en la remera debajo de la camiseta, estaba en cada gol, en cada risa… y en cada lágrima.

Pero este partido no alcanzaba. Sí alcanzó para volver a creer, para volver a empezar.

Defensor dejaba dos puntos en el camino tras empatar con Huracán Buceo uno a uno, River Plate también perdió los suyos y la esperanza renacía en cada uno de los hinchas de Peñarol.

Cuando se llega a la décima fecha Peñarol debe enfrentar a Cerro y Defensor a Nacional. Los violetas caen uno a cero en un partido que de antemano resultaba prácticamente imposible de perder, en un partido que quedará en el recuerdo por la polémica que desató, mientras que Peñarol, creo yo, gana uno de los partidos más importantes por cuatro a tres, con gol de Juan Carlos de Lima pasados dos minutos del final del partido. Un gol increíble, donde no puedo sacarme de la cabeza que Fabián ayudó a convertir. La pelota entra en el ángulo de una manera que no se puede creer, por la forma en que se llenó el pie De Lima, como la pelota le cae justo y le pega sin que pique, derecho a un ángulo, con una calidad que iguala a los antiguos relatos de los viejos grandes jugadores. Es difícil de expresarlo, pero para que entre en el lugar que entró y en el momento que entró, sólo la energía de Fabián podía hacerlo, sólo su presencia podía determinar el destino de ese balón.

Los milagros seguían ocurriendo.

Es una suma de hechos inexplicables, en cada uno de los partidos, en cada centro, en cada tranque, en los momentos definitorios y en la semifinal que gana Peñarol por tres a dos contra Nacional después de ir perdiendo dos a cero. Ante esos pequeños e inmensos milagros, ante esos resultados, ante esa emoción que corría por mis venas tenía que mirar hacia arriba y buscar la respuesta.

Que otra cosa podía decir.

El Quinquenio ya era de Peñarol.

El Quinquenio lo empujó Fabián.

 

 

¿Sabías esto?

Compartí la información
64

Seguramente te interese...

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

 

Simple Share Buttons