Abuelo Prestado

Mi novia es fanática de Ricardo Montaner

“Mi novia es fanática de Ricardo Montaner”

 

Por F. A.

Mi novia es fanática de Ricardo Montaner, yo lo odio; a ella la adoro, pero en esto no corre la propiedad transitiva.

El tema es que el tipo venía a cantar en el Teatro de Verano y, por supuesto, mi novia quería ir a verlo. Pero no sólo eso, yo debía acompañarla al recital y como si esto fuera poco, tenía que ir a sacar las entradas,.

Cierto es que en los últimos tiempos mi actuación como novio no había sido la mejor, mi reputación como tal venía en franco descenso y no estaba en condiciones de oponerme a sus deseos; es más, era una buena oportunidad para hacer puntos.

De todos modos, fumarme a este idiota cantando dos horas y hacerse el canchero en todo momento no era tan grave; hay cosas peores.

El problema era que las entradas se vendían en el propio teatro a partir de las 18.00 horas, pero la cola comenzaría al mediodía; yo tenía que laburar hasta las cinco y media de la tarde; era imposible ir a hacer la cola y si me quedaba sin entradas, me quedaba sin novia, o peor aún, sin alguna parte de mi fisonomía.

La mañana del recital, mientras exprimía mi cerebro pensando cómo resolver el problema, recordé que los Domínguez, los vecinos de al lado de mi casa, sacaban al abuelo todas las tardes a tomar sol al jardín en su silla de ruedas y permanecía allí hasta que caía el sol.

El abuelo tenía como noventa años y se quedaba quietito ahí, sin moverse, sin joder a nadie y sin hacer ruido. Entonces fui a hablar con doña Anita, su hija. No me costó mucho convencerla de que me lo prestara unas horas con el argumento que tomar sol en el jardín y tomar sol en la explanada del Teatro de Verano era lo mismo; mejor aún, iba a cambiar de aires y de paisaje.

Al mediodía arranqué para el teatro con el abuelo (que no entendía nada) en el asiento de atrás y la silla en la valija del auto.

Al llegar, teníamos apenas una docena de personas adelante. Le pedí a la muchacha de adelante que vichara un poco al abuelo que yo tenía que irme y volvía en un rato.

  • Dale, andá tranquilo – me dijo.

 

A las cinco y media, cuando salí de laburar, me fui corriendo para el teatro. Todo estaba como lo había dejado: el abuelo sentado en su silla y la muchacha delante de él, eso si, mirando para otro lado y con cara de asquito.

  • Hola, gracias por cuidarlo. Me atrasé un poquito – le dije a la muchacha
  • Si, la verdad es que estoy un poco preocupada. Desde hace un rato está largando un olor desagradable.
  • Ta, no te preocupes, gracias – le contesté

Luego de sacar las entradas, salí volando con abuelo y todo. Puse la silla en la valija, al abuelo lo até con el cinturón de seguridad y salí para casa.

Por supuesto que el viejo se había cagado hasta la nuca; el auto estaba inundado de olor a mierda. Pero lo más importante era que tenía las entradas y mis números con mi novia iban a dejar de estar en rojo.

Cuando llegué a casa metí al viejo en la bañera; le lavé el culo y sus alrededores. Todavía que me lo habían prestado, no se los iba a devolver todo cagado. Los detalles de aquel baño me los reservo, fue un asco; encima, el viejo cada vez que le pasaba la esponja por el culo hacía una mueca de satisfacción, ¡viejo cochino!

Horas más tarde mi novia estaba fascinada, pirando con su ídolo. Yo estaba con un embole sideral y con resabios de olor a caca en los dedos.

¡Cada día lo odio más a ese Montaner!

 

 

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1 Response

  1. adriana dice:

    me encanto el cuento muy simpática la anécdota… felicitaciones para el autor !!!!

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