30 años de la caída del Muro de Berlín

30 años de la caída del Muro de Berlín
30 años de la caída del Muro de Berlín

El 9 de noviembre del 2019 se cumplen 30 años de la caída del Muro de Berlín, momento propicio para compartir un capítulo del libro Cartas en la Guerra Fría del escritor R. S. Klane.

A 30 años de la caída del Muro de Berlín es bueno tener memoria y dimensionar lo que significó en la historia mundial. Para muchos representó el final de la Guerra Fría y el camino hacia la libertad.

Lo cierto es que el Muro de Berlín significó el arte de la humanidad para separarse de sí misma, al menos por un largo período.

A 30 años de la caída del Muro de Berlín nos pareció un momento propicio para compartir un capítulo del libro Cartas en la Guerra Fría de R. S. Klane.

BERLÍN – ALEMANIA – 1989

Querida madre:

No tienes idea de la alegría que me invade. Pronto nos veremos. Ni bien pueda acomodarme iré a visitarte a Montevideo. Ahora más que nunca recuerdo la frase que siempre me escribías en tus cartas: “Dios no nos envía la desesperación para matarnos, nos la envía para despertar la vida”. Y ella ha despertado madre, ha despertado por fin.

Sentía que estaba al límite de mis fuerzas, sin poder avanzar más hacia la libertad. Sentía que la vida había perdido el sentido para mí y estaba a punto de morir vivo, aislado, rendido, acabado. Pero tú y Josefa mantuvieron la chispita en mí y en cada momento donde parecía caer en el barranco hubo algo que me impedía desvanecerme. Esa frase tuya con la que comenzabas tus cartas, todas, fue parte de esa minúscula chispa encendida en mi interior: “Dios no nos envía la desesperación para matarnos, nos la envía para despertar la vida”.

Y anoche pude despertar después de muchos años de estar sin rumbo detrás de un muro que me encerraba debajo de un cielo que para mis ojos siempre fue gris. Pero cuando hoy amaneció vi la bola de fuego del sol y supe que había vuelto a nacer, tomado de la mano con la mujer que jamás pude dejar de amar. Hasta anoche no estaba seguro de si existían las coincidencias, madre. Pero desde hoy sí estoy seguro que existe la magia. En todo ese mar de gente que invadió el muro desde las dos orillas, la vi, la vi con un martillo en su mano intentando romper los cimientos rancios de la separación. Las lágrimas invadieron mis mejillas en un torrente de emoción. Estaba a metros de ella, aún no podía verme, pero yo sí. Yo veía su belleza, sus ojos alegres, su cabello suave, su piel ondulada y su alma fuerte. Mis pulmones ardieron con el aire de libertad que ingresaba en todo mi cuerpo. Entonces me vio, me miró sorprendida y sus dientes soltaron la alegría más intensa que jamás vi en mi vida. Nos atrapamos con nuestras miradas y no nos pudimos soltar ni por un segundo. En ese instante supe, todo mi ser lo supo, que había vuelto por fin al lugar donde tenía que estar, con ella. Ahí supe, madre, que es imposible confundir coincidencias con destino. Solo la magia de nuestro sentimiento fue capaz de regalarnos ese momento que será eterno en cada uno de nuestros corazones.

Allí, parado en la cima del muro, dejé de mirar la muerte del pasado y sentí la vida en mis ojos. Renací cuando sentí su abrazo y su olor, cuando recuperé la memoria de lo que fuimos y comprendí que nuestro amor es tan profundo como la vastedad inagotable del océano. La cima del muro se había transformado en la cima del mundo de las almas separadas que por fin hallaron el consuelo de los corazones que volvieron a brillar.  

Fue la noche más feliz de mi vida, madre.

Al principio tuve un poco de miedo. Cuando en mayo permitieron ingresar a Austria desde Hungría intenté viajar pero me lo impidieron. Miles de personas pensaron lo mismo que yo y eso molestó al gobierno que puso restricciones para salir del país. Esa medida fue como una cachetada y los que no pudimos viajar empezamos a manifestarnos por la libre circulación de fronteras. En todas las ciudades la convocatoria era inmensa. Miles de alemanes se agolpaban en las calles reclamando salir. En algunas de esas manifestaciones la policía intentó reprimir, pero nada impedía volver a marchar por las calles de Berlín uno o dos o tres días después.

Cuando anoche Günter Schabowski dijo en la prensa que se podría cruzar la frontera sin requisitos previos y que esa medida tenía aplicación inmediata, un mar humano tomó lo que tenía a mano y se dirigió inmediatamente al muro. Te juro madre, que la oscuridad de la noche colapsó ante ese mar de almas fervientes de liberarse. Al principio no fue fácil, los custodios del muro comenzaron a intentar impedir que las personas cruzáramos. Nos lanzaban agua con sus potentes mangueras, pero no dispararon ni un tiro, al menos por donde yo intentaba cruzar. Del otro lado se escuchaban los gritos de los alemanes del oeste, quienes nos alentaban a subir ese muro de la vergüenza. Hasta que llegó una mujer, una anciana, tendría tu edad, madre. Sujetó lo más fuerte que pudo un martillo que le dio un niño, quizás su nieto, y empezó a romper la pared con toda su energía. Cada martillazo desprendía enojos y frustraciones de casi tres décadas y cuando saltó la primera lasca, el primer fragmento desprendido del muro, la gente se confundió en llantos y en alaridos que jamás podré olvidar. Algunos comenzaron a bailar y otros, muchos otros, siguieron el ejemplo de esa mujer con lo que tenían a mano, picos, cinceles, piedras. Todo servía para tirar abajo la desgracia de las cenizas de un pasado de involuntaria abnegación.

Anoche se dio el milagro de estar en el mismo metro cuadrado con Josefa después de muchísimos años separados y pronto se dará el milagro de poder reencontrarnos, madre.  Muy pronto. Anoche crucé al oeste sin papeles ni pasaporte. No pretendo volver a la otra orilla del muro a buscarlo, no quiero dar ese paso hacia atrás. Quiero enterrar el sopor y las magulladuras de Berlín Oriental para siempre. Buscaré la manera de obtener un nuevo pasaporte de este lado y ni bien acceda a él viajaré a Montevideo a abrazarte, a cuidarte y devolverte un partecita de todo el amor que me has dado siempre.

Me ha quedado claro, madre, me ha quedado claro. “Dios no nos envía la desesperación para matarnos, nos la envía para despertar la vida”.

Gracias por tanto cariño, gracias por estar presente en tus oraciones, gracias por no permitirme perder el aliento para reencontrarnos, por mantener despierta la esperanza de un nuevo horizonte.

Te amo, madre, te amo.

Tu hijo,

Juan

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