Biblioteca Felisberto Hernández: un semillero de valores

Biblioteca Felisberto Hernández: un semillero de valores
Biblioteca Felisberto Hernández: un semillero de valores

La Biblioteca Felisberto Hernández está viviendo una situación límite y varios vecinos han tomado la iniciativa de proteger este «semillero de valores». Nuestra colaboradora Bonnie, a través de su excelente estilo, nos invita a conocer sobre la vicisitudes de un lugar emblemático en Malvín Norte

Cuando la escuché hablar de la ciudad de la Gran Manzana automáticamente mi mente asoció el imperio del norte del continente. Hice un viaje fugaz e instintivo a Manhattan, desconociendo que Claudia me estaba hablando de una comunidad mucho más cercana y manifiesta, “Euskal Erría 71 constituye poblacionalmente una ciudad concentrada en una gran manzana, con miles de personas. Miles no es un término metafórico sino concreto y contable: alrededor de 3000 personas”. Con esta aclaración terminó mi viaje.

Siete años atrás, Euskal Erría 71 recibía al nieto del gran literario uruguayo Felisberto Hernández, quien homenajearía su vida y obra, literaria y musical, en una conferencia abierta en la sala de lectura de la biblioteca que actualmente lleva su nombre. Felisberto, fue un talento vanguardista criticado por su versatilidad, por retomar un estilo cuyas limitaciones excedían los cánones establecidos en la época. Sin embargo, su memoria, probablemente más reconocida en muerte que en vida, descansa en sus textos, preservados en estantes ordenados, clasificados y cuidados por idóneos, en una biblioteca barrial de Malvín Norte.

Claudia se mudó al complejo hace 26 años, en 1994. Cuando llegó, ya existía la biblioteca, tenía unos 30 años allí, “soy docente de secundaria y cuando tenía 19 años y estaba haciendo la carrera de literatura en IPA recurrí mucho a la biblioteca ¡los 3 integrantes de la familia! Llegué a encontrar colecciones de libros de literatura acá que no se encontraban en la Biblioteca Nacional ¡la maravilla que era!”, reconoció con aires de nostalgia.

Hace poco más de tres años por decisión de la Intendencia de Montevideo, este espacio fue trasladado al Centro Cultural ubicado en Iguá e Hipólito Yrigoyen, Para una gran ciudad, que es: concentración de personas, centro comercial, convivencia, solidaridad, vínculo, respeto, diferencias, inequidades; la idea de un espacio cultural y recreativo donde se construya el libre pensamiento y se fortalezcan los valores para la integridad de los sujetos, resulta fundamental.

“La realidad nuestra es que nos quedamos sin ningún tipo de centro cultural y recreativo. La biblioteca era muy completa en libros, de todas las disciplinas, para estudiantes, ocupaba tres locales del centro comercial. Tenía una sala de lectura (lo que sería el local lindante), una parte infantil, y se sumaban distintas actividades culturales, talleres de canto, teatro, talleres literarios, el programa esquinas de la cultura. Uno de los últimos
cursos fueron clases de apoyo de inglés y acceso a la informática. Se organizaban actividades dentro y afuera, como las visitas a teatros. Todo se perdió cuando se trasladó, en vez de ganar o mantener, perdimos espacio. Tenemos una cancha dentro del predio de baby futbol pero es cerrada, o sea que no acceden todos allí. Cuando construyeron la escuela nueva, la única canchita que había voló de ahí también.”

La indignación momentánea le dio paso a la memoria. Comenzaron a surgir historias, momentos, risas, sentimientos encajonados por el paso del tiempo. Caracterizó la biblioteca como un “semillero de valores”, por ser un espacio comunitario, de solidaridad, de amistad sincera y verdadera, cuya siembra queda para el resto de la vida, “a mi siempre me gustó la parte musical, la parte de canto. Y el taller de canto latinoamericano hizo que me uniera a un grupo, en 2010, con dos artistas: Fernando Henry, quien publica libros de poesía, los ilustra y es muy productivo desde el punto de vista musical; y Gabriel Araujo, músico acompañante de Maciegas, profesor en talleres musicales, con proyectos propios como la banda de rock Binaural. Fueron los dos profesores que nos instruyeron. Con ellos y con más gente del barrio, preservamos la amistad”.

La vida en el complejo tiende a alternarse entre las idas al centro comercial y las salidas hacia Camino Carrasco. El día en que Claudia se enteró que aquella biblioteca de sus comienzos académicos, de sus tardes de recreación e investigación, semillero de encuentros de amigos, ya no formaría parte de la identidad de Euskal Erría 71, fue debido a que pasaba por el local del centro, como excusa casual para visitar a René, quien hasta entonces era la persona responsable de la Felisberto Hernández. ¿Cómo no recordar a René? Conocida por vecinos de dentro y fuera del complejo. Ella, de alguna manera, nucleaba la vida comunitaria. Más de uno la recuerda por sus servicios, siempre dispuesta a colaborar con la búsqueda de material escolar y liceal.

Hasta que llegó el día de comenzar a mudar gradualmente los libros. Agujeros negros, grandes vacíos, complementaban las pocas filas de libros por estante. El olor de la madera y de las hojas gastadas se hacía cada vez más penetrante. Aquellos que ya no se solicitaban se apilaban en cajas con destino a otra parte. Permanecían exhibidos sólo los más solicitados, a la espera de que un viernes (porque solo estaban abriendo un día a la semana), algún interesado pasara a ojearlos. Un joven recuerda haber encontrado el libro de Harry Potter, probablemente fue de los últimos en irse.

“El traslado de la biblioteca fue un disparador, lo sentí como un despojo, algo muy personal, porque nos enteramos de la sorpresa después que había pasado. Con vecinos y amigos nos organizamos espontáneamente y el 23 de mayo se nos ocurrió la idea de plantear una nueva biblioteca, recuperando el espacio con las mismas características, en Montevideo Decide, un programa de la Intendencia. Los tres locales que eran antes biblioteca fueron vendidos, todavía quedan los del ala superior. El local del jardín de infantes quedó vacío, que sería el local ideal. Estaba en estado de abandono pero vi que habían pintado y arreglado, incluso tiene baño y lo básico de higiene“. Por lo que, de manera “muy artesanal”, Claudia recorrió las 37 torres del complejo junto a amistades y allegados, con el único objetivo de promover la reapertura de éste servicio social. Se apoyaron en whatsapp para la difusión, a lo que se sumó una funcionaria de la UTU del barrio, también interesada en mantener parte de la identidad de la comunidad.
“Estamos hablando de contactarse con 1500 familias en un mes y poco. Cuando salimos a difundir me topé con mucha gente más mayor, que conocía la biblioteca y recordaba actividades de las que habían participado, incluso la gente más joven tenían un lindo recuerdo de la biblioteca”.

La posibilidad de reabrir este espacio requiere superar tres etapas. La primera está ganada. Se juntaron 575 firmas de las 500 solicitadas por la Intendencia. Sin embargo, hasta mediados del mes de setiembre deberán estar atentos, ya que queda pendiente la inspección técnica y una nueva votación.

Claudia está convencida de que conservar la biblioteca en la gran manzana es una forma de mantener en alto la identidad del complejo, de unir a sus integrantes, de generar empatía entre las 3000 personas que conviven allí, día a día. Si bien entiende como válida la intención de querer revitalizar culturalmente otras zonas, la docente conoce la realidad de muchas personas, adultos mayores en general, que no atraviesan los grandes terrenos descampados de las zonas aledañas hacia la nueva ubicación de la biblioteca e implican una gran limitación para su acceso.

“Una ventaja de este complejo y que la diferencia del 70 y del 92, es que no está cerrado por ahora, el centro comercial tiene salida al exterior, se ingresa por dos plazas de estacionamiento sobre Castelar y sobre Mallorca, por lo que sería viable reabrir la biblioteca por temas de espacio. Y aunque se cerrara, no se podría impedir la entrada porque hay dos escuelas dentro. Estamos mordiéndonos las uñas ¡ojalá que salga!”

Bonnie

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