Detrás del Escenario Covid: la lucha por el poder en el centro del poder

Detrás del escenario Covid: la lucha por el poder en el centro del poder
Detrás del escenario Covid: la lucha por el poder en el centro del poder

Cuando uno logra asomar la vista más allá del miedo a enfermarse o a morir, es capaz de vislumbrar un enfrentamiento geopolítico a partir del coronavirus. Les presentamos una nueva columna del Profesor Rafael Suárez que aborda lo que hay detrás del escenario covid

Un gran pensador como José Saramago señalaba que intentar convencer al otro es un acto de colonización. En lo personal no pretendo tener la razón de nada. Simplemente con este artículo intento expresar una forma de ver la situación mundial a partir del coronavirus. Mi opinión es simplemente una conjetura que siento compartir con aquella persona que quiera conocerla. ¿Qué hay detrás del escenario covid?

Sin darnos cuenta hemos sido atrapados en lo que brillantemente Aldo Mazzucchelli ha denominado la «ortodoxia covid«. Es decir, estamos siendo prisioneros de una narrativa sobre el coronavirus que no se puede discutir; se forma una estructura irrebatible acerca del virus y sus tratamientos. Es un dogma instalado a partir de la Ciencia y consagrado por organismos internacionales como la Organización Mundial de la Salud y por supuesto por los grandes medios de comunicación que han replicado sin parar informaciones consecuentes con esta nueva doctrina.

En Uruguay, por ejemplo, los medios de comunicación destinan horas y horas a la situación del coronavirus. Vemos infografías constantes de fallecidos y contagiados, camas en CTI y respiradores al borde de la saturación. La salvación en la «ortodoxia covid» es la vacuna.

El estar prisioneros de un discurso oficial no nos permite cuestionar o al menos reflexionar sobre diversos aspectos. Ya nos hemos referido a lo que plantean los «supuestos negacionistas» de la pandemia, casi catalogados como escorias por muchos uruguayos, marginándolos del debate y desconociendo que su opinión tiene igual valor que la de cualquiera de nosotros.

Estos supuestos negacionistas hacen preguntas interesantes y donde las respuestas que surgen no son muy claras. Por ejemplo, un informe presentado por el diario El País de Uruguay señalaba recientemente que en el 2020, año clave de la pandemia, el 0.53 % de las muertes totales fueron a causa del covid. Por lo tanto el 99.47 % de los uruguayos no fallecieron por el virus sino por otros motivos. ¿Es lógico paralizar a todo un país por ese porcentaje de fallecimientos? Para los que estamos presos del miedo sí lo es, sin dudas. Vemos miedo y el miedo nos nos deja contextualizar.

Se nos dijo que la solución eran las vacunas. Hay datos que asombran. En Uruguay durante un año de pandemia sin vacunación hubo 600 muertos aproximadamente. Mientras tanto en los dos meses en los que se está llevando a cabo la vacunación hay más de 1400 fallecidos. El gobierno no tiene una explicación razonable sobre este efecto multiplicador que tiene un vector común: la vacuna. Pero en la «ortodoxia covid» no se permite cuestionar este tipo de datos.

De todos modos la información que se desprende en la actualidad respecto a la situación sanitaria no es el objetivo de este artículo. Aquí se pretende lograr una mirada diferente sobre lo que está detrás del escenario covid.

La lucha de poder

Tras bambalinas de esta gran obra de teatro que es la pandemia tenemos un enfrentamiento feroz, una lucha encarnizada en pleno centro del poder.

El miedo a enfermar y morir (o a que le suceda a un ser querido) no nos permite ver con claridad lo que está sucediendo a nivel global ni entender cómo este virus está siendo utilizado como una herramienta clave entre dos bandos que tienen objetivos muy claros. Nosotros vemos muerte, vemos contagio, nos atemorizamos de contactar con otro y nos alejamos incluso de nuestros seres más amados. Deseamos volver a la «antigua normalidad» sin interpretar qué esta sucediendo más allá del coronavirus. Ya casi no nos importa más nada que recobrar el confort original, y si eso implica darnos tres dosis de vacunas experimentales por año no interesa, estamos dispuestos a pagar ese precio.

El miedo nos está amansando, nos movemos en una inercia donde la clave es la sobrevivencia, sin importar prácticamente el costo. Con el vendaje del miedo a morir puesto en nuestros ojos nos resulta muy alejado de nuestra realidad entender que en esta pandemia se están moviendo fuerzas con ambiciones desmedidas.

Esas fuerzas las podemos clasificar de la siguiente manera: por un lado nos encontramos con las grandes corporaciones internacionales y por otro lo que históricamente hemos llamado «burguesías nacionales», esas mismas que en estos momentos están en riesgo de extinción.

Hace pocos meses, en un programa de televisión conducido por Cristina Morán, estaban como invitados José Mujica y Julio María Sanguinetti. En un momento de la entrevista Mujica hizo una declaración que sorprendió al propio Sanguinetti. El «Pepe» marcó su preocupación por las dificultades a las que se estaba enfrentando la «burguesía nacional». Por supuesto que fue lógica la sorpresa de Sanguinetti y se la hizo saber. ¿Cómo un hombre que luchó en contra de la burguesía ahora se preocupaba por ella?

Más allá de la sorpresa de Sanguinetti, la expresión de Mujica es extremadamente cierta. Las grandes corporaciones transnacionales vienen desplazando a las burguesías nacionales. En Uruguay contamos con ejemplos claros y en rubros claves. A nivel financiero es más que evidente. Nuestro país ya no cuenta con bancos nacionales privados desde el 2002. Hay sí estatales, pero no privados. La «burguesía nacional» fue desplazada del sistema financiero. Lo mismo está ocurriendo a nivel de las grandes superficies. Antes Disco, Devoto y Tienda Inglesa eran de capitales nacionales, ahora sus accionistas son extranjeros. Y ni hablar lo que se ha producido en los últimos años con el campo y la extranjerización de la tierra.

A nivel planetario las clases altas nacionales están siendo desplazadas, aunque por supuesto no sin resistirse, como vimos cuando Trump ganó las elecciones, o con Bolsonaro en Brasil o con el Brexit de Inglaterra, apartándose de la Unión Europea.

Sí, los gobiernos de derecha conservadora de alguna manera intentan proteger los intereses de las burguesías nacionales contra el avance de las grandes corporaciones trasnacionales.

Ese enfrentamiento es lo que está detrás del escenario covid.

El fortalecimiento de las burguesías nacionales y el nacimiento de las transnacionales

Un poco de historia

Hasta las revoluciones Industrial y Francesa las burguesías nacionales se dedicaban al comercio. La tierra estaba en manos de los nobles y las fábricas no existían. Durante la Edad Media los comerciantes de Europa sufrían con el sistema feudal y sus peajes, que encarecían terriblemente sus artículos. Por eso comenzaron a presionar para imponer un estado nacional donde esos peajes desaparecieran. Y lo lograron con las monarquías absolutas.

Pero por supuesto no fue suficiente.

En las monarquías absolutas los burgueses no tenían acceso a las funciones del Estado y además debían pagar fuertes sumas en impuestos para mantener a la nobleza que rodeaba al rey y también a la iglesia. De esta manera muchos burgueses comenzaron a vislumbrar otro modelo de país basado en el parlamento y donde ellos tuvieran acceso.

Con la Revolución Francesa se ve reflejado fuertemente el poder las burguesías nacionales que desplazaron con furia a los títulos de nobleza cambiando radicalmente el mundo occidental. El sistema republicano se instala y con él las elecciones libres.

Pero a partir del influjo de la Revolución Industrial y la necesidad de obtener materia prima más barata y mayor cantidad de mercados, las burguesías nacionales le reclaman a sus gobiernos medidas drásticas. De allí surgió el Imperialismo y el reparto del mundo. Las potencias industriales dominaron continentes enteros (África, Asia, Oceanía) y sus productos llegaron a todo el planeta.

El sistema financiero global comienza a tomar una fuerza inagotable y de alguna manera se planta la semilla de una nueva clase alta. Una clase alta sin patria, sin nación, que tiene como objetivo acumular mayor cantidad de riquezas sin importar el país donde radica. Es una entidad que cobra conciencia de sí misma y opera a través de bancos e industrias.

Para esta nueva clase alta sin nación los peajes de la Edad Media son los aranceles de los Estados actuales. Los Estados, que son el eje de las burguesías nacionales ya que protegen su producción, son un contratiempo para sus intereses. A esta nueva clase alta le conviene que los Estados no tengan aranceles ni grandes beneficios para trabajadores y jubilados.

De esta manera tras finalizar la Segunda Guerra Mundial se crean organismos internaciones como el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional o la Organización Mundial de Comercio que tienen como objetivo reducir los aranceles y cupos entre países. Por supuesto que no todos estuvieron de acuerdo con esto.

De alguna manera la Guerra Fría (y los tremendos gastos en armamentos) contuvo el afán expansionista de esta nueva clase alta sin nación. Por supuesto que se opusieron tajantemente a la ideología comunista y a la eliminación de la propiedad privada de los medios de producción.

Pero una vez finalizada la Guerra Fría, con la URSS diluida y con el capitalismo como el gran vencedor de la historia, la clase alta sin nación, o mejor dicho, las corporaciones transnacionales, contaban con terreno fértil para su avance. Habían colaborado en derrotar al comunismo y ahora necesitaban o necesitan derribar a su oponente más potente: la burguesía nacional que está amparada todavía en los llamados Estados Nación.

Las corporaciones transnacionales tuvieron un aliado increíble con el surgimiento de internet. Ya pueden operar online y mover miles de millones de dólares sin trasladar dinero físico. El mundo se volvió una presa más jugosa para sus intereses, navegan a sus anchas. Lo hacen cada vez mejor. Así, el 1 % de la población mundial tiene más riqueza que el otro 99 %. Nunca se vio nada igual en la historia de la humanidad.

Y quieren más.

Duros rivales

Previo a la aparición del coronavirus, que para el premio Nobel de Medicina en 2008, el profesor Luc Montagnier, no fue por accidente, el enfrentamiento entre las corporaciones transnacionales y las burguesías (clases altas) nacionales contaban con un nuevo episodio tras la elección de Trump.

El nuevo presidente elegido por los norteamericanos llegaba con una posición extremadamente dura respecto a las grandes corporaciones y les hizo frente. Multiplicó los aranceles para productos chinos y quedó claro que existía una alianza con Putin, otro líder mundial que se ha manifestado en contra de los llamados «globalistas» o referentes de las grandes corporaciones. De hecho Putin se basa en el pensamiento del filósofo Dugin, quien se define como «el enemigo de la hegemonía liberal occidental» representado por las grandes corporaciones transnacionales.

Esta posición reflejada en Putin, Bolsonaro en Brasil, o el Movimiento 5 Estrellas en Italia o el Frente Nacional en Francia, por poner algunos ejemplos, encontró una voz fuerte con Trump como presidente de Estados Unidos. De hecho Putin fue importante para ayudarle a ganar las elecciones en contra de Hillary Clinton filtrando información en redes sociales.

Curiosamente Trump logró contar con gran apoyo de amplios sectores sociales de su país, fundamentalmente aquellos que habían sufrido debido a la reducción de aranceles, entre otros motivos.

De hecho, Trump llegaba con grandes posibilidades de ser electo nuevamente como primer mandatario, hasta que apareció el covid.

¿Qué hay detrás del escenario covid?

Para muchos la aparición del coronavirus fue accidental. Se debió a una sopa de murciélago en Wuhan, China. Sin embargo, para otros, este suceso no fue accidental. De hecho destacamos anteriormente la opinión de un premio Nobel de Medicina sobre el origen de este virus.

Sea accidental o no, podemos permitirnos sospechar que el virus se está utilizando con distintos fines en perjuicio de las burguesías nacionales y en beneficios de las grandes corporaciones.

Puede sonar a una locura. Inmersos en el miedo y en la información recibida por los medios de comunicación es imposible atender otros aspectos de la pandemia. Pero aunque parezca una locura, tiene su lógica, como iremos viendo.

Las grandes corporaciones transnacionales, que tienen el control del 80 % de los medios de comunicación del mundo, son las que más se han beneficiado con esta pandemia. Soros, Gates, JP Morgan, entre otros, han sacado rédito de lo que está sucediendo. Jeff Bezos, el dueño de Amazon, que ya era infinitamente rico, duplicó su fortuna en apenas seis meses. Microsoft, empresa de Bill Gates, escaló posiciones en la bolsa de valores. Además Gates financió siete vacunas el año pasado, ninguna con patente libre.

Anteriormente hicimos referencia que para las grandes corporaciones transnacionales los Estados son un problema debido a sus aranceles e impuestos, pero además también operan como barrera en otros aspectos contrarios a sus intereses. Por ejemplo en la protección laboral y en la seguridad social.

En ese sentido el coronavirus está siendo utilizado por ellos con tres grandes objetivos. Uno ya lo lograron.

El objetivo de corto plazo era evitar la reelección de Trump. Y así fue. El ex presidente norteamericano venía liderando las intenciones de voto hasta que apareció la pandemia y los medios de comunicación sembraron un miedo incontrolable. Trump afuera. El nuevo presidente Biden está afín a las grandes corporaciones. Sus medidas así lo avalan. Vale la pena tomar conciencia que los grandes medios de comunicación ya no destinan las mismas horas de tiempo para hablar del covid en Estados Unidos. Cuando estaba Trump en el gobierno era una noticia negativa tras otra. Ahora vemos que el foco está puesto en Bolsonaro, en Brasil. No es casualidad.

El objetivo de mediano plazo es debilitar los estados nacionales y por lo tanto a las burguesías nacionales. Todos los Estados, a raíz de esta situación de pandemia, se encuentran en una crisis económica y tienen que emitir deuda pública para sostenerse. ¿Quién compra esa deuda pública? En gran parte, los dueños de las grandes corporaciones transnacionales. Los Estados se endeudan y al hacerlo se debilitan. Se encuentran con el problema de apoyar a las burguesías nacionales y a la clase trabajadora, generando descontento en ambas. En la medida que los estados nacionales se debilitan permiten legitimar una visión diferente, lo que algunos llaman un nuevo orden. El problema que al debilitar los estados nacionales también se tiende a una mayor precarización del trabajo y de la seguridad social, lo que implica recortes, como sucedió en nuestro país con aumentos salariales por debajo de la inflación y aumentos de tarifas por encima de ella. Esto podría ser una tendencia, independientemente del color del gobierno, porque los estados van a contar con menos recaudación.

El tercer gran objetivo de las grandes corporaciones está planteado a largo plazo. Es la creación de un orden internacional basado en organismos técnicos mundiales no democráticos. Es decir, para ellos el mundo deberá estar conducido por decisiones tomadas en organismos supranacionales que sobrepasen a las decisiones propias de los Estados.

Ya existen varios avances en ese plano. Por ejemplo con las resoluciones que viene tomando la OMS respecto a la pandemia. La mayoría de los países siguen sus instrucciones sin chistar, aunque hayan cambiado a lo largo del ciclo de pandemia (por ejemplo el uso del tapabocas).

Pero no es lo único. Recientemente el FMI sugirió la idea de imponer un impuesto a las clases altas nacionales debido al covid. ¿Es curioso? No lo es. Es lógico con lo que venimos diciendo. ¿Ese impuesto controlado por el FMI a quién responde? ¿Qué parlamento lo controla? Y si no lo controla un parlamento, ¿quién responde a la gente por su utilización? Además ese impuesto se cobra a las clases altas nacionales, que son los rivales estratégicos de las grandes corporaciones.

Estamos en camino a que las decisiones se tomen sin consentimiento de las personas y por organismos supranacionales que no tienen representación democrática. ¿Qué intereses tienen esos organismos? ¿Los del bien público? ¿Acaso podrían responder a otros intereses? Por ejemplo la industria farmacéutica mueve 700 mil millones de dólares cada año y financia operaciones e investigaciones de la Organización Mundial de la Salud. Da para pensar.

A modo de cierre

Ayer una persona me preguntaba de forma retórica «¿en manos de quién estamos?». Así planteado estamos en el medio de fuego cruzado entre dos poderes potentes, como las grandes corporaciones y las clases altas nacionales. Putin ha señalado una y otra vez que Soros irá a la cárcel, al igual que el resto de los globalistas. Los globalistas por su parte hacen su juego sin detenerse, en una ambición de poder que parece no tener límites.

Pero en ese fuego cruzado entre poderosos estamos nosotros. Allí la pregunta de ¿en manos de quién estamos? se responde con lucidez.

Estamos en manos de nosotros mismos. Es momento de empoderarnos de nuestras propias decisiones más allá del miedo, es momento de mirar hacia dentro y comprender que nos estamos alejando de nosotros mismos, que nos estamos deshumanizando.

Parece que nuestra sensibilidad es casi en exclusividad por el covid. Minutos de silencio por los fallecidos por el virus en eventos deportivos y públicos. Aplausos para los médicos que dejan todo en la cancha. ¿Pero qué sucede con el otro 99.47 % de los uruguayos que ya no están por causas que no son el sars-cov-2? ¿Qué pasa con las cirugías no realizadas o la pésima atención primaria de salud? ¿Qué sucede con mi propio cuidado de salud y con mi estilo de vida saludable? Es momento de conectarnos con nuestros miedos y conocernos más, aprender de ellos, vislumbrarnos con ojos nuevos y distinguir en nosotros mismos más que amenazas e incertidumbres; es momento de salir de nuestro estado de dependencia de una «ortodoxia covid» que se nos presenta, también, como una oportunidad de elevar las anclas que nos tienen sujetos a nuestras peores miserias e infortunios.

Es momento de ser mejores, ser mejores de lo que éramos antes de esta pandemia; dimensionar al otro como un sujeto tan valioso como uno en lugar de un objeto que representa una amenaza, comprender que la solidaridad tiene que nacer de la esperanza y no del miedo, y que empatía es sentir lo que siente el otro, en definitiva, el ser más sensibles con nosotros mismos y con los demás es lo que nos hace más humanos.

Y hay humanidad más allá del miedo, lo sé.

Profesor Rafael Suárez

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