Fernando Andacht: «La nueva normalidad es una distopía acaramelada»

Fernando Andacht: "No es posible imaginar algo más perverso que anunciar por los medios que los niños podían volverse homicidas involuntarios de sus abuelos"
Fernando Andacht: «No es posible imaginar algo más perverso que anunciar por los medios que los niños podían volverse homicidas involuntarios de sus abuelos» (Foto: En Perspectiva)

Fernando Andacht es uno de los académicos más sólidos y mejor formados de nuestro país. Sus pergaminos son notables y es un semiólogo de talla internacional. En la actualidad tiene una visión crítica de lo que está sucediendo con el manejo sanitario y queríamos contar con el privilegio de su palabra

El semiótico y doctor en Filosofía Fernando Andacht dedicó mucho tiempo -lo cual agradecemos – para responder nuestras preguntas. Como es su característica cada respuesta presenta una fundamentación clara y contundente.

Su visión acerca de lo que está sucediendo con la situación sanitaria es extremadamente crítica y bien vale la pena conocerla. Podremos compartirla o no, pero que sus argumentos son totalmente consistentes no hay ninguna duda. En el marco de un discurso oficial avasallante, hace a la ética democrática conocer las voces discordantes y más cuando están basadas en información e investigación, como es el caso de Fernando Andacht, un indagador brillante de signos y mensajes, un estudioso del entramado profundo de los medios de comunicación.

Por eso en esta entrevista abordamos muchos temas, incluyendo su mirada sobre Carmela Hontou, Alberto Sonsol, las conferencias del presidente Lacalle Pou o el reciente arrepentimiento del periodista Gabriel Pereyra.

Según Cassirer «el hombre es un animal simbólico», ¿con qué códigos estamos «filtrando» la situación sanitaria actual?

Es verdad, Cassirer habla en su Antropología Filosófica. Introducción a una Filosofía de la Cultura (1944) del animal simbólico, en lo que me alejo de su visión es cuando dice que el ser humano produce símbolos, que pueden ser los ritos religiosos, culturales, sociales, en fin todo lo que continuamente segregamos para vivir en el mundo, y que esa actividad nos aleja del mundo. No estoy de acuerdo, no terminamos en lo que sería una especie de travesía solipsista, en la cual terminaríamos hablando con nosotros mismos, encerrados en el lenguaje, en lugar de usarlo para relacionarnos con el entorno, de modo falible pero vital.

Lo que está ocurriendo ahora, durante la situación sanitaria más que un filtro simbólico es una fenomenal distorsión ocasionada por la mega producción de una narrativa, de un relato que los medios transmiten de modo unánime. Según dicho relato estamos ante un peligro biológico que nunca antes ha actuado en el mundo, y eso causa una suerte de inversión de todo lo que consideramos normal en cuanto cuidados. Es el fin de la relación que teníamos con el mundo, y con los propios virus, que como cualquier médico puede decir -más aún un biólogo- son parte de la vida, componen en buena medida lo que somos los humanos; hemos convivido con ellos desde que el ser humano habita el planeta. Más que hablar de un filtro semiótico, quizás sea mejor pensar en una cápsula de signos verbales y audiovisuales enorme. Desde hace 19 meses habitamos una campana narrativa que nos separa de las consecuencias reales de lo que ocurre en el mundo, para obligarnos a vivir ese drama o melodrama tan extremo.

Qué simboliza Carmela Hontou según Fernando Andacht?
Qué simboliza Carmela Hontou según Fernando Andacht?

En tus análisis hiciste hincapié en la construcción de un relato antihéroe a través de Carmela Hontou y el opuesto tras el fallecimiento de Alberto Sonsol

Carmela Hontou representó en los medios el rol de la villana máxima, y luego Alberto Sonsol fue presentado como la víctima perfecta de esta situación sanitaria.  Eso no haría más que ratificar, como ejemplos emblemáticos de lo que dije antes, en cuanto a relatar un texto que se asemeja a aquellos cuentos folclóricos que analizó Vladimir Propp (Morfología del cuento, 1928), en los que él encontró una serie de categorías de personajes fijos, que es posible encontrar una y otra vez en los relatos folclóricos rusos. En el caso de Carmela Hontou nos encontramos con la creación mediática de un chivo expiatorio, que obviamente no es presentado como lo que realmente fue, es decir, una víctima no tanto o no sólo de las circunstancias, sino de un manejo distorsionador de medios masivos, gobierno y redes sociales. Se buscó de manera implacable representarla como la “untore” – literalmente, el untador – el siniestro agente de contagio intencional y perverso. Utilizo aquí el término empleado por el filósofo Giorgio Agamben, cuando en su texto “Contagio” (2020),  evoca la figura de ese ser maligno en Milán, donde un edicto en el siglo 16, establecía una recompensa de 500 escudos a quien brindase noticias de ese ser maléfico que andaba sembrando la muerte. La imaginación popular concibió la existencia culpable y odiosa el contagiador, alguien que habría ido contaminando ventanas y puertas con la peste, que era en ese momento lo que amenazaba la salud en aquella Italia.

Con el caso de la muerte prematura de Sonsol, se buscó evidentemente conmover la opinión pública a través de las abundantes noticias y comentarios sobre la desaparición de alguien que era hiperactivo, que estaba en muchísimos programas, en un canal de televisión, donde cubría todo el repertorio casi, desde animador, polemista, y periodista deportivo. Por morir en la flor de la edad, él se vuelve una suerte de eficaz mensaje propagandístico de advertencia: ¡Esto es lo que le puede pasar a cualquiera, miren cómo terminó Sonsol!

Cómo estás evaluando el mensaje de los medios de comunicación nacionales e internacionales? Qué códigos predominan en ellos?

No sé si hablar de códigos en los medios de aquí y de otros lados. Lo que hay y lo que he señalado en mis textos en eXtramuros desde el año pasado, en los ensayos que he escrito y que se han publicado allí, así como también en las poquísimas entrevistas que he tenido en los medios de manera excepcional, es el imperio absoluto de la unanimidad. Por eso, más que de un código, yo hablaría de una muy celosa vigilancia que solo permite al amable público escuchar y ver siempre más de lo mismo. Sólo entran a los medios aquellos que compiten por darle mayor dimensión mortífera a la enfermedad. Esa actitud tiene como efecto poderoso el que se espere con gran anhelo la vacuna contra la Covid-19 como si fuera una pócima salvadora, un elixir casi mágico que viene devolverle la salud a ese mundo pandémico. Esa expectativa es lo que los medios han promovido de manera inflacionaria, constante, implacable desde mitad de marzo de 2020, como intenté demostrar en algunos textos en los que reproduje imágenes de los informativos principales de la televisión. Este género no solo crece en extensión horaria, de manera insólita, sino que además adopta esa tesitura ideológica de presentar la una y la misma versión, una y otra vez, los mismos protagonistas. Se evita con gran cuidado algo que sería natural, me refiero al debate científico, a la discusión razonable y fundada en evidencia entre distintos especialistas, ya sea de las ciencias naturales como también, por qué no, de las ciencias sociales. Esa flagrante ausencia, sostengo, es que es lo que les da ese enorme vigor y poderío a los medios en pandemia.

Fernando Andacht era invitado con frecuencia en los medios antes de la pandemia

Antes, y lo dejaste ver en la respuesta anterior, se te veía con mayor frecuencia en los medios. Cómo ha sido tu experiencia?

Tuve una brevísima aparición, por allá por julio de 2020 en TV Ciudad, en el programa La Letra Chica, creo que era el segundo programa del ciclo, uno de los presentadores mencionó con entusiasmo que debían invitarme siempre, tras escucharme hablar sobre las leyendas urbanas que aparecían con el sello legitimador de inclusive el New York Times. Fue mi primera y última visita. Se trataba de crónicas detalladas, con nombres de doctores, hospitales, sobre fiestas que habrían sido organizadas para enfermarse con Covid. Eso parece algo impresionante, pero, como dice el título de un libro clásico dedicado a estudiar esas elaboradas fantasías que no se presentan como tales, es decir, que son leyendas urbanas, ese relato es demasiado bueno para ser cierto. Se trata de cuentos, de historias armadas para sembrar el terror de nuevo y mostrarle a la gente una suerte de moraleja: a los que no creen en la letalidad del Sars-Cov-2, a quienes se arriesgan, que les quede muy claro que van a terminar sus vidas de la peor manera. También fui invitado a polemizar en un espacio radial asociado a En Perspectiva que se llama “La Hora de los Filósofos”. Al final, la producción decidió que hablaría yo solo. La entrevista puede verse en el canal de YouTube del programa, y tiene más de 180.000 visitas. Por supuesto, el primer asombrado de esa llegada masiva soy yo; pero el resultado pone de manifiesto que hay una genuina apetencia por escuchar la tan obviamente ausente otra campana, o campanas, porque son varias las voces que brillan por su ausencia en los medios tradicionales, desde el 13 de marzo de 2020. Aunque quiero destacar que yo en modo alguno afirmo que de este lado de la ausente discusión, esa que no se ve ni se oye en los medios se encuentre la verdad, por supuesto que no. Pero si hay un genuino deseo de encontrarla, eso debe incluir más de una visión de la crisis actual.

El respeto a voces distintas respecto a la Pandemia
El respeto a voces distintas respecto a la Pandemia

¿Qué es lo que hay detrás del escenario covid?

Un refuerzo de los mecanismos de vigilancia, control, la mayor obediencia de las masas como nunca antes en la modernidad de Occidente, algo que se asociaba a regímenes totalitarios como el chino en la actualidad y algún otro. Se difunde, se extiende al planeta a través de las cuarentenas, de las obligaciones protocolares que no pasan por la ley ni por la Constitución, y que van coartando, limitando, acotando el derecho de movilidad y de cómo estar en el mundo. Se es culpable antes de que se haga ningún tipo de proceso por no llevar la máscara o por reunirse. Y ahora, final del proceso, por no vacunarse.

Aunque sólo se “exhortaba” desde el gobierno nacional, en 2020, sobrevolaron las playas helicópteros con altoparlantes, que decían que había que retirarse, había que irse de allí. Un caso que fue cubierto por los medios con cierta espectacularidad ocurrió cuando había algunos surfistas en el mes de abril, semana de turismo de 2020, en medio del océano vacío, en pleno Atlántico, en Rocha o en Maldonado y se procedió a desalojarlos de manera, diría yo, irracional, sin sentido, pero que seguramente ayudó a enviar ese otro mensaje, además de la exhortación, que por su naturaleza discursiva es voluntaria – yo le sugiero o recomiendo a la gente que haga tal cosa. Pasamos a un acto de tipo coercitivo, apoyado en el duro brazo de la ley, que llega para detener aquello que se considera peligroso, de alto riesgo.

Aldo Mazzucchelli: "Estamos asistiendo, gracias a la "pandemia", a un nuevo escalón de autodestrucción"
Aldo Mazzucchelli: «Estamos asistiendo, gracias a la «pandemia», a un nuevo escalón de autodestrucción»

Aldo Mazzucchelli señaló que muchos científicos «hacen política de túnica». Cuál es tu lectura respecto al mensaje que emana de nuestros científicos?

Sin juzgar o evaluar los aciertos o no, concretos, específicos, de los científicos que formaron parte del GACH, hoy disuelto, me llama poderosamente la atención que se produzca esa especie de barrera comunicacional para cualquier otra voz calificada. Algunos de ellos, Moratorio por ejemplo, hablaron en entrevistas de que era bueno no abrir el micrófono a quienes expresaran algún tipo de objeción o crítica al tratamiento de la covid-19. Un artículo estupendo que publicó Aldo Mazzucchelli en eXtramuros el año pasado muestra las grandes limitaciones del tan mentado test PCR, cuya confiabilidad depende directamente del número de ciclos con que se lo aplica. En fin, no veo que haya que tener túnica para poder buscar buena información y difundirla de modo claro. Por eso, lo que lo que surge en cuanto intervención mediática de estos científicos que hacen política es una forma autoritaria de emitir juicios que impedirían cualquier tipo de discusión. Pero me pregunto, si es algo que afecta la vida de todos, por qué no discutir, si uno hoy puede informarse mucho en cantidad de fuentes científicas accesibles y confiables en internet. No es el mundo de antes, donde solo estaba abierta esa biblioteca a los especialistas. Hoy con un razonable entrenamiento académico, no necesariamente especializado, es factible llegar a entender qué es lo que está en debate en torno a la naturaleza de la llamada pandemia, y cuál sería el modo más adecuado para lidiar con ella.

Creo que no tuvieron la imprescindible actitud científica de abrir ese podio, de exigir incluso, que los medios que los recibían una y otra vez hasta el hartazgo admitiesen también a otros especialistas, en lugar de censurar o de recomendar no dar entrada a quienes los hubieran enriquecido a ellos mismos, que hubieran contribuido a la propia actividad científica de los integrantes del GACH.

Coronavirus: Lacalle Pou tan irresponsable como Tabaré Vázquez
(Foto: El Observador)

¿Y qué signos vislumbrás en las conferencias de prensa de Lacalle Pou?

Sobre las conferencias de prensa de Lacalle Pou, que como planteamos en un artículo que publicamos en Argentina con Gastón Amen, un colega de la Facultad de Información y Comunicación, se trataba de una especie de emisiones en cadena de hecho. No eran real y literalmente emisiones en cadena, pero a causa del modo en que eran recibidas, por cómo eran tratadas por los medios, funcionaban así, con alto poder persuasivo. Formaron parte de esa inflación informativa, que movilizó estrategias aterrorizadoras, pues cada vez que podían desplegaban todos los signos de la muerte inminente para amedrentar a la población. De ese modo, sabiéndolo o no, los medios generaron gran estrés y así bajaron el sistema inmune de las personas, de su público literalmente cautivo. Hablo de los medios masivos, ya que si bien no había confinamiento, como en Argentina o en Chile, no estaban abiertos los centros educativos, los centros comerciales, los clubes, y era obvio que había muchos más ojos y oídos instalados frente a las pantallas.  Además había una fuerte necesidad, una real demanda de saber qué está pasando, qué era esto de la epidemia, pandemia o sindemia del Sars-cov2.

En esas conferencias de prensa, ocurrió al principio algo que me pareció muy positivo. Fue una declaración del ministro de salud Salinas, en la que él dio algo que parece tan obvio, pero que en esta coyuntura era tan necesario, diría vital, como afirmar que después de todo, la muerte es parte de la vida. Esa noción casi en seguida el relato del propio Salinas contribuyó a derribarla, para generar un clima de desesperación, porque él y otros miembros del gobierno, aseguraban que la muerte estaba a la vuelta de la esquina. Algo todavía peor, se encargaron de difundir todo lo posible la idea de que los niños podían matar a sus mayores. No es posible imaginar algo más perverso que anunciar por los medios constantemente en 2020 que los niños podían volverse homicidas involuntarios de sus abuelos, nada menos. Todo eso es un absurdo terrible que no tiene perdón. Hay una notoria transformación discursiva que va desde la pregonada “libertad responsable” del inicio de la comunicación oficial,  y de ciertas intervenciones sensatas de funcionarios como Delgado, Salinas, y el propio Lacalle Pou, a convertirse en un mensaje afín a un relato global que viene obviamente dirigido desde el centro del mundo, desde la OMS. Desde el centro del mundo llega hasta aquí la presión enorme de esas agencias internacionales, para someter a los gobiernos a las condiciones muy peculiares que exigen los laboratorios fabricantes de las vacunas. Si se las quiere recibir, habrá que renunciar a los mecanismos normales y formales de lo que sería la compra de una medicina que está a prueba, en fase aún incompleta de autorización.

Cuál sería el mensaje oculto o no dicho en el «pase verde«?

No hay un mensaje oculto en el pase verde; hay una discriminación explícita. Creo que es inadmisible que se trate de pasar con ese nombre, como la nueva normalidad. No me parece nada inocuo, nada leve. Gente como el escritor norteamericano CJ Hopkins y muchos otros intelectuales y pensadores críticos a lo largo y ancho del mundo piensan de modo parecido a quienes escribimos en eXtramuros. Plantean que estas medidas políticas tomadas supuestamente contra la pandemia son altamente inconstitucionales, discriminatorias. Eso significa que de no vacunarse, de no seguir tales protocolos, uno quedaría automática e irremediablemente excluido de trabajos y de espectáculos. Y además, lo peor de todo quizás, pasaría a ocupar ese lugar tan terrible que ocupó esta supuesta paciente cero o el vector Carmela en Uruguay. Se trata de una persona cuya inocencia fue demostrada allá por el mes de mayo de 2020, cuando se aportó evidencia para probar que las muchas y encendidas acusaciones eran del todo infundadas. Incluso, y no es poca paradoja, no es implausible pensar que en el famoso casamiento de Carrasco, donde se le achacaba la culpa de diseminar irresponsablemente el virus, Carmela Hontou se haya contagiado, porque hubo varios invitados que habían llegado en esa fecha o poco antes de lugares donde ya estaba activa la Covid-19, según se supo después. Pienso que en la localización de ese evento social puede encontrarse uno de los motivos principales de la fuerte y unánime animosidad contra esta persona, por ser ella alguien de clase alta o pudiente.

Libro escrito por Fernando Andacht en 1993

En uno de tus libros, Entre signos de asombro, hacés mención al «festín pantagruélico» de Menem, con él ubicado en la cabecera. Intentando jugar un poco con la imaginación, en esta «pandemia» quién está en la cabecera y quiénes conforman las legiones de servidores, cocineros y comensales?

Sin duda alguna a la cabeza de esta mesa pandémica se ubican los grandes laboratorios, las instituciones como la OMS. Son las agencias o instituciones que tomarían un rol de supervisor o controlador de lo nacional, que pasaría a un segundo plano, quedaría literalmente y de facto subordinado. Y en cuanto a los ayudantes o fuerzas de apoyo para poner en práctica los deseos de estos muy poderosos, encontramos de modo fundamental lo medios de comunicación, todos ellos, sin excepción, seguidos por los partidos políticos, que en su inmensa mayoría apoyaron e incluso pidieron medidas aún más restrictivas de las libertades, como forma de combatir contra el enemigo invisible, una de las muchas imágenes asustadoras que difundieron.

Según tu colega Hilia Moreira «dañar el signo es dañar lo que el mismo representa». El signo de la Ciencia puede ser dañado o reubicado?

Mejor que hablar yo me remito a un texto reciente de John Ioannidis (“Cómo la pandemia está cambiando las normas de la ciencia”, 08.09.2021: https://www.tabletmag.com/sections/science/articles/pandemic-science), un epidemiólogo con una trayectoria indiscutible, de la Universidad de Stanford, quien ha dado en la tecla sobre la peligrosidad y efectos de la Covid-19, desde el inicio de la pandemia. Este especialista se ocupa del llamado metanálisis, o sea analizar análisis hechos por investigadores, estudiar artículos científicos y buscar en ellos inconsistencias o errores. En ese ensayo, Ioannidis afirma que una de las instituciones o actividades que más perdió en esta pandemia fue la ciencia, a causa de los enormes intereses económicos movilizados, por la falta de debate, y por errores sospechosos como el cometido por una revista científica muy prestigiosa y antigua. The Lancet publicó un artículo sobre los supuestos efectos dañinos, incluso letales de la hidroxicloroquina. Luego tuvieron que retirar el artículo, porque dos de los tres autores se retractaron, ya que los datos en los que estaba basada su conclusión no eran confiables. No obstante, los medios masivos solo difundieron con gran fuerza la aparición del artículo contra la hidroxicloroquina y no la retractación del mismo. El motivo es que esta sustancia terapéutico se politizó, como muchas otras cosas que se polarizaron desde el inicio, en esta pandemia, porque se las asoció a figuras controversiales como Trump o Bolsonaro. Esa clase de maniobra comunicacional remueve este asunto de dónde pertenece con legitimidad, es decir, en el ámbito de la biología, de lo sanitario, y lo lleva a lo partidario.

De qué manera se puede resistir a la «ortodoxia Covid»? Qué espacio nos queda como seres humanos? Con qué signos podemos leernos?

Para poder resistir a lo que algo Aldo Mazzucchelli llamó “la ortodoxia Covid” no queda otro remedio que recurrir al pensamiento, a la reflexión, a perderle el miedo no solo a esta campaña terrorífica de los medios tan peligrosamente unánimes, sino también perder el temor, que es más difícil, a la sanción social, al qué dirán, al apartarse de un relato único, flechado. Porque no bien se vislumbra nuestra postura disidente o crítica con respecto al tratamiento de la vida tanto de las personas adultas, como de los niños y de los jóvenes surge una alarma social, una advertencia y un discurso dogmático y descalificador. Se nos endilga términos cargados ideológicamente como ‘negacionista’, que obviamente tiene una asociación nefasta con aquellos que niegan el holocausto judío en la Segunda Guerra. Se trata de signos demonizadores, de un uso recurrente y mediático de estrategias retóricas muy obvias, para desarrollar lo que se conoce en inglés como ‘character assassination’, es decir, la minuciosa destrucción de la reputación de aquellas personas cuyas ideas no son bien vistas por los poderes que son.

Resistir creo que es más difícil incluso que durante la dictadura que hubo en Uruguay, en los años de plomo (1973-1985), porque en ese entonces al menos existía, de manera obviamente subterránea, de modo sigiloso o indirecto, una cultura de la resistencia que se manifestaba a través de la música, del teatro… Pero ahora el poder de la Ciencia mayúscula y autoritaria, que está bien descrito como la “ortodoxia Covid” funciona como una religión, y como tal busca prohibir que alguien se aparte siquiera un ápice de su dogma. Traducido en términos actuales y pandémicos sería algo así: con la vacuna todo y sin la vacuna nada.

Creo que la mejor manera para volver a ser humanos es buscar dentro nuestro la normalidad, porque nunca fue creíble esta así disfrazada nueva normalidad. Esa contradictoria frase no es más que una suerte de marketing de la anormalidad disimulada como si fuera un tiempo mejor. La nueva normalidad es una distopía acaramelada. Tanto en la educación virtual, en la curiosa e irracional práctica de no ir a ver a los médicos para atender diversas enfermedades, junto con la desmesurada promoción de recibir atención médica por el teléfono celular, todas esas prácticas distan muchísimo de ser el mejor mundo posible. En todo caso, conforman ese temible “mundo feliz”, que imaginó en su novela distópica Aldous Huxley. Creo que es difícil pero que no está más allá de nuestra capacidad, de la elogiada resiliencia de la que se habla ahora, el buscar otros signos alternativos a ese gigantesco relato que se parece a una mega superproducción de Hollywood. Hemos vivido dentro de una vasta producción audiovisual multimediática, que lo abarca todo, y con las redes sociales armadas como nunca antes de un mecanismo arbitrario y totalitario de censura. No me deja de asombrar que esa actividad de prohibir la libre expresión,  lo que se puede y no se puede decir sobre la pandemia y sus proliferantes medidas profilácticas no produce rechazo entre tantos intelectuales, profesores y académicos. Muy por el contrario, vemos cada día como ellos apoyan e incluso celebran esa cultura de la cancelación, de la exclusión sanitaria de voces cuya comprensión de lo que ocurre no es del agrado de esas poderosísimas empresas de comunicación. Yo me pregunto cuándo antes esa práctica fue algo bien visto, si eso era un aspecto definitorio, distintivo de lo que hacía la dictadura, de su detestada censura previa

Eso es lo que deberíamos recordar, tener muy presente esa forma de oponernos aunque fuera calladamente dentro de las casas, dentro del ámbito más seguro, durante los años de plomo. Quizás una actitud de reflexión y resistencia al embate macizo y autoritario de medios y políticos podría servir para superar este tiempo pandémico tan oscuro.

El arrepentimiento de Gabriel Pereyra
El arrepentimiento de Gabriel Pereyra (Foto: Sarandí)

El periodista Gabriel Pereyra realizó un mea culpa acerca del manejo periodístico durante la pandemia, arrepintiéndose de ejercer censura a las voces discordantes del discurso oficial. Ya que en ella hace mención a tu nombre nos gustaría conocer tu opinión al respecto.

Sobre esa columna de Gabriel Pereyra del jueves 11 de noviembre de 2021 en Búsqueda, donde habla de confesión y de su sentimiento de vergüenza, de este conocido periodista activo en varios medios, dos son las reflexiones primeras – tengo muchas más, de hecho creo que escribiré un ensayo para eXtramuros dentro de poco sobre este sonado asunto-. Una reflexión es que la furia o la defensa desatada en redes sociales sobre su texto me confirma como síntoma evidente que uno de los principales daños en el estado de la sociedad, de la opinión pública hoy, a más de 18 meses de iniciada está interminable emergencia sanitaria decretada el 13 de marzo, es que además del supuesto virus biológico hay un virus del pensamiento. Se trata de un mal metodológico que la semiótica combatió desde su fundación a cargo del lógico norteamericano Charles Sanders Peirce (1839-1914), y que se llama “dualismo”. ¿Qué es el dualismo? Según Peirce, adoptar esta forma de pensamiento supone abordar cualquier problema con un hacha y partirlo en dos mitades inconexas. Lo que así se consigue es no entender nada; dividir a quienes pensamos de modo crítico sobre el tratamiento de la pandemia en buenos y malos, en herejes y buenos creyentes, es precisamente el camino equivocado.

Algo que se ha esgrimido en redes sociales sobre el contenido de su columna es abordarlo psicológicamente, aunque sería más correcto decir de modo psicologístico, como una deformación de esa forma de estudiar al ser humano. Porque es obvio que nadie posee la capacidad, a partir de un texto, de hacerle un análisis psicoanalítico a Gabriel Pereyra. Siempre se va a escapar de nuestra comprensión cabal cuál pudo haber sido su intención o su real deseo o propósito al escribir esa columna. Por ese motivo, de eso nada podemos decir, al menos no razonablemente. Sí podemos discutir sobre el contenido, la estructura y significado de su texto, pues son signos públicos, inteligibles. Más allá de coincidencias y discrepancias, se trata de un texto escrito con valentía, porque se anima a transgredir la  poderosa regla tácita –y por eso mismo más eficaz y temible – que ha estado vigente  durante todo este tiempo en los medios tradicionales, en toda la tele, en todas las radios. Esto ha sido así prácticamente con alguna llamativa excepción o dos; hablo de la regla de la unanimidad, que no se puede quebrar. Así, de un lado, quedan marginados y despreciados “los lunáticos” como lo llama Gerardo Sotelo, cuando escribe un comentario sobre la columna de Pereyra, y lo hace desde la más explícita institucionalidad de ser el jerarca máximo de los Medios Públicos. Aconseja definitivamente no darles micrófono ni vida a esos lunáticos, es decir, a quienes discrepan con la versión oficial de la pandemia y su abordaje.

Dejando de lado la mirada psicologista, yo quería aportar una distinción que elaboró un filósofo del lenguaje de los años 50 del siglo 20, John L. Austin. Él estableció el funcionamiento de dos clases de verbos, de dos clases de actos de lenguaje, en nuestro discurso cotidiano. Unos se limitan a describir lo que hay, como cuando decimos “afuera hace frío”, “afuera hace mucho calor y está húmedo”. Esas son tentativas de describir con mayor o menor acierto y justeza lo que ocurre en el mundo y que ocurriría de todos modos sin ese acto de lenguaje. Pero hay otras enunciaciones verbales muy curiosas que el filósofo Austin llama verbos performativos, como cuando alguien amenaza a otra persona, o cuando hacemos una promesa, o más formalmente, cuando quien está autorizado institucionalmente a hacerlo casa o bautiza a alguien, o declara iniciado un juicio y para eso tenés que tener cierta autoridad. En esos casos, quien así habla está creando algo que no existía antes de usar la palabra, si lo hace desde la posición adecuada para ello. Yo pienso que la columna de Gabriel Pereira cumple esa función: él declara abierto el momento de la duda en los medios tradicionales, con indiscutible coraje. No me importa ni es relevante qué pasó por su mente o qué sintió al escribirlo y darle a publicación en ese semanario.

El dualismo es un inmenso peligro ideológico que hoy está más fuerte que nunca y produce un considerable daño a quienes queremos pensar en la verdad, en la búsqueda de la verdad, sin importar banderas o ideologías. Por eso, quiero destacar esta muy esperada entrada al debate, al tan postergado, prohibido, al tabú pandémico. Porque sobre este asunto fundamental para nuestras vidas y para el futuro de la humanidad el periodismo local se ha dado el lujo durante casi 20 meses de no aceptar siquiera considerarlo. Aún más sorprendente, para un observador de los medios como he sido yo hace muchos años, es que no les parezca a los periodistas uruguayos bizarro, extraño, siniestro, que haya tal consenso, tal convergencia, tal unanimidad sobre un fenómeno de la complejidad de la Covid-19, desde tantos puntos de vista. Ese clima uno sólo lo imagina en un régimen autoritario, dictatorial, un lugar donde obviamente disentir, discrepar, supone firmar una sentencia de muerte, de exilio, de pérdida del trabajo.

Muchas gracias Fernando Andacht!!!

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