Una mujer en misión de paz en el Congo: entre emociones y balas

Misión de paz en el Congo: ¿cómo la vivió Marcia Gómez?
Misión de paz en el Congo: ¿cómo la vivió Marcia Gómez?

Pocas veces en nuestro portal tenemos el privilegio de disfrutar de testimonios únicos. Marcia Gómez estuvo en una misión de paz en el Congo y nos brinda una mirada extremadamente sentida y singular. Compartimos un relato que conmueve y nos despierta acerca de una realidad diferente

Una mujer en misión de paz en el Congo: testimonio de Marcia Gómez

Era una tardecita de diciembre de 2015. Estaba en casa con mi hermana y de fondo el informativo en el televisor. En un momento, anuncian un llamado de voluntarios para ir con el Ejército Nacional en Misión de Paz como intérprete de inglés a la República Democrática del Congo o a la Península del Sinaí; a lo que mi hermana dice: “¿por qué no te anotás? Averiguá”.

En ese mismo instante, sin pensarlo ni darme cuenta de lo que estaba haciendo, envié un correo electrónico a la dirección que habían mostrado en el informativo. Al día siguiente, ya tenía respuesta. Me pidieron que llame a un número de teléfono, del cual me atendió un Coronel, quien me explicó de forma muy clara en qué consistía el llamado. Nunca voy a olvidar esas primeras palabras: “a la Península del Sinaí, por cuestiones de seguridad, decidimos no llevar civiles. En el Congo, la situación es más tranquila. No te digo que no te pueda rozar una bala o que indirectamente recibas un ataque, o que te agarres malaria, pero son los riesgos esperados”.

Misión de Paz en el Congo


Después de esa comunicación seguí adelante con todo el proceso: examen de inglés, instrucción en cuanto al estado de situación del país, exhaustivos exámenes médicos, pruebas psicológicas y las mil y una vacunas. En ningún momento tomé la decisión de aventurarme en esto. Simplemente fui haciendo todo lo que me decían. Me cayó la ficha el día que me entregaron mi uniforme. Ese día lloré. Me quedaba enorme, tenía que hacerle un montón de ajustes y jamás me había imaginado usando uno. Creo que ahí me pregunté por primera vez: “¿qué estoy haciendo? ¿Quiero hacer esto? No supe responderme.”

Todo eso transcurrió en marzo de 2016. Mi cumpleaños es el 5 de abril, y los vuelos estaban programados para marzo o abril. No sabía si para esa fecha iba a estar en Uruguay o no. Por lo tanto, mi celebración de cumpleaños también fue una despedida; y ahí descubrí lo espantosas que son. Desde ese día lloré tanto que creí poder quedarme sin lágrimas. Hasta que llegó el día previo a mi vuelo. Por protocolo tuve que concentrar en un batallón (concentrar sí, como los jugadores de fútbol), despedirme un día antes de mi familia, y en esas 24 horas creo que no dejé de llorar ni un segundo.

El 23 de abril de 2016 partí. En el momento que subí al avión, dejé de llorar. No sé cómo ni porqué. En ese instante empezó una etapa de mi vida en la que todo era nuevo. Mi primer viaje en avión, mi primer trabajo “serio” (desde mis 16 años solo había trabajado en las temporadas de verano), la primera vez que iba a estar tanto tiempo lejos de mi casa y de mi familia. Me esperaban 16 horas de vuelo, llenas de ansiedad e incertidumbre, con una sola escala en Adís Abeba, Etiopía, en donde ni bajamos del avión, simplemente cargamos combustible y seguimos con destino a Buyumbura, Burundi. Ese era el destino final vía aérea. Ahí debíamos permanecer una noche para al día siguiente seguir por ruta hasta el Congo.


Cuando bajé del avión en Buyumbura, sentí eso que me habían advertido los militares de los cuales recibí instrucción pre despliegue. Sentí ese calor seco que te abraza y un olor tan particular e intenso que penetra las fosas nasales. Sentí África. Esa noche dormí en lo que Naciones Unidas denomina “transit camp”. Son instalaciones justamente de tránsito. En realidad no dormí en toda la noche. El calor era insoportable, estaba lleno de mosquitos y lagartijas. Así que me quedé toda la noche afuera, en un patio interno a cielo abierto, contemplando todo, y tratando de que me gustara algo de la ración de combate que nos habían dado. Pero solo logré comer unos chicles y un chocolate amargo.

Al día siguiente, llegaron las combis que nos llevarían hasta la base “Compañía de Ingenieros Uruguay I” en las afueras de la ciudad de Bukavu (Provincia Kivu del Sur), lugar que iba a ser mi casa durante un año. El traslado por tierra también tenía sus particularidades; era conducido por un local, quienes se caracterizan por no tener mucho control de la velocidad ni regirse por normas de tránsito, a lo que se le suma la precariedad de las rutas y el camino sinuoso entre montañas. Me faltaban ojos y sensaciones para abarcar todo: el paisaje, la velocidad, el miedo, la ansiedad, la gente, el olor, etc.

A esa altura del año, es la época de lluvia en el Congo, así que llegamos en pleno diluvio. Una lluvia tan fuerte que parecía que el cielo se iba a caer, y que después terminó con un sol radiante. Porque así es el Congo y así fue mi año allí: lleno de contrastes y contradicciones, sin términos medios.


Durante un año no hubo un día el cual consideré rutinario. Me dieron la oportunidad de trabajar mucho más allá de lo que hace una intérprete, y sentía que estaba en mi salsa (en esa época me faltaban dos exámenes para recibirme de Licenciada en Relaciones Internacionales). Pude trabajar con civiles y militares de los más diversos orígenes y culturas: China, Bangladesh, Egipto, Holanda, Noruega, Pakistán, Reino Unido, Rusia, entre otros. Y en temas que me apasionaban: protección de civiles, género, niños soldados, y muchos más.

Al principio era la jovencita, mujer, rubia y con poca pinta de militar. Todo un bicho raro para la población local y para muchos otros. Después se acostumbraron a mi presencia en todos lados, y fui bienvenida de la forma más cálida posible. De a poco pude hacerme mi lugar, hacer mis contactos y ganarme la confianza de muchos a nivel laboral.

Misión de paz en el Congo en plena selva


El helicóptero se convirtió en uno de mis medios de transporte más frecuentes (por supuesto que también era la primera vez que me subía a uno).

Me cuesta mucho poder resumir y trasmitir todo un año en estas líneas. Sin dudas me van a faltar un montón de anécdotas y experiencias. Pero en forma resumida puedo decir que África me cambió la vida, para siempre. Me volví más fuerte y a la vez más sensible, porque solo así se puede resistir a lo que uno ve y vive allí. El Congo es un país lleno de contrastes, rico en minerales (oro, cobre, diamantes, coltán y cobalto) y otros recursos naturales, y con una de las poblaciones más pobres del mundo. Vi cosas que no creía que existían más allá de las películas, al menos en tal magnitud. Las peores miserias humanas a plena luz del día y a la vista de todos; personas con mal formaciones como consecuencia de la guerra y de embarazos sin ningún tipo de control médico, desnutrición, niños muriendo de malaria a pasos míos y no poder hacer nada, escuchar tiros casi a diario y que eso se convierta en algo tan natural y parte de la rutina diaria.


Por otro lado, la felicidad y el cariño con la que la población local siempre recibe a los contingentes uruguayos. Podrán no tener electricidad, agua, ni un piso, pero saben lo que es el mate, Peñarol, Nacional y Luis Suárez.

Aprenden español a la perfección y el idioma no es ninguna barrera para interactuar con la población local. Los domingos de feria se convierten en el punto de encuentro con ellos, donde siempre algún niño aprovecha para mostrar orgulloso su carné de notas, y para pedir que le regalen una mochila o un par de zapatillas.

Si bien muchas veces se cuestionan a las misiones de paz y al trabajo de Naciones Unidas, yo puedo decir que estoy orgullosa de haber sido una “Peacekeeper”, y estoy segura, que aunque sea mínimo, pude contribuir a un cambio positivo en la vida de algún congolés.

Para concluir, puedo afirmar que a pesar de las adversidades y circunstancias, fue el año más importante y feliz de mi vida. Me enamoré de ese país y de África, y estoy convencida que algún día volveré; no sé en calidad de qué ni cuándo, pero lo haré; porque como expuso en palabras el escritor Brian Jackman: “África te cambia para siempre, como ningún otro lugar de la tierra. Una vez que hayas estado allí, nunca volverás a ser el mismo. Pero, ¿cómo empiezas a describir su magia a alguien que nunca la ha sentido? ¿Cómo explicar la fascinación de este vasto y polvoriento continente, cuyos caminos más antiguos son senderos de elefantes? ¿Podría ser porque África es el lugar de todos nuestros comienzos, la cuna de la humanidad, donde nuestra especie se mantuvo erguida por primera vez en las sabanas de hace mucho tiempo?”.

Muchas gracias Marcia Gómez por este hermoso testimonio de tu misión de paz en el Congo. Gracias por compartir una experiencia tan diferente!

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